Mi nombre es Bryan Adams, tengo 24 años y actualmente soy estudiante de Administración en la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey. Estuve en un destacamento en Irak como parte de la Operación Iraqui Freedom II con la Primera División de Infantería, donde presté servicio en Tikrit, Irak desde febrero de 2004 hasta febrero de 2005 como francotirador. El servicio en Irak ha dejado una huella permanente en mí; sin duda me ha convertido en el hombre que soy hoy. La experiencia más memorable que me cambió la vida ocurrió un día agitado de octubre, en medio de las festividades musulmanas de Ramadán. Estaba ocupando un hotel abandonado junto con otros dos miembros de mi brigada de francotiradores, y nos llamaron diciendo que teníamos que desmantelar nuestro puesto y regresar a nuestra base operativa avanzada (FOB). Como era normal durante nuestro despliegue, empezamos a regresar tácticamente a la FOB a pie, pero esta vez había algo distinto. En lugar de los saludos y sonrisas habituales, veíamos miradas de temor y ansiedad en los rostros de los civiles iraquíes, quienes comenzaron a despejar la calle a medida que nos acercábamos. Había sido un día activo, repleto de bombardeos y diversos informes por la radio; por eso ya estábamos nerviosos. Después de aproximadamente dos cuadras, llegamos a una intersección donde tuvimos que cruzar. Mientras cruzábamos la intersección recuerdo que miré a dos niños que no podrían haber tenido más de 8 años. Los niños estaban sentados en la orilla de la calle y parecían haber visto un fantasma; como en los enfrentamientos anteriores, todos estos signos indicaban que algo estaba por suceder. Me di vuelta para subir a la acera del lado adyacente de la calle y ahí fue cuando sucedió.
Escuché el chasquido de un disparo y, de repente, sentí como si alguien me hubiera tratado de tirar de las piernas desde abajo; miré a la pared paralela a mi izquierda y vi cómo estallaba la bala en polvo y chispas y allí me di cuenta de que me acababan de disparar y de que ahora estábamos en medio de una emboscada. Comencé a correr para cubrirme; mientras corría, recuerdo claramente que sentía ráfagas de calor intenso que me cruzaban el rostro y pedazos de cemento que se me metían en la boca por las balas que explotaban contra la pared que estaba a mi lado. La gente siempre dice que antes de morir ve pasar su vida de repente ante sus ojos ; pero yo no, yo vi mi futuro, vi todo lo que quería lograr, y eso alimentó mi decisión de no morir en ese pedazo de tierra en Irak. Logré escapar a la vuelta de la esquina con los otros dos miembros de mi equipo que estaban ilesos. Todos nos miramos para reconfortarnos y luego nos movimos a una posición encubierta. Sangraba mucho; la bala había entrado por la parte trasera de la pantorrilla y salió por la canilla. Un miembro de mi equipo me atendió mientras el otro resistía los demás ataques y pedía una evacuación médica. La sensación de alivio que sentí al ver aparecer a los vehículos militares multipropósito (HUMV) fue indescriptible. Me llevaron a nuestro puesto de auxilio y, finalmente, me transportaron por aire a un hospital de campaña al norte de Tikrit. Al no tener compromiso óseo, declararon mi regreso al servicio y permanecí en Irak. Trabajé los próximos meses en la sala de radio mientras mi pierna se rehabilitaba. Después de casi tres meses, estaba lo suficientemente recuperado para volver a unirme a mis compañeros soldados, quienes al tener un hombre menos durante tres meses estaban sobrecargados.
Mi regreso fue escabroso; volví a una familia destruida, mis padres estaban en medio de un desagradable divorcio y luchando por la custodia de mi pequeño hermano. A pesar de toda la agitación, estaba contento de estar en casa. Acababa de cumplir los 21 años y estaba ansioso por salir a recorrer los bares de los Estados Unidos. Uno de los objetivos que me había propuesto cuando regresara era entrar en la universidad; me imaginé que iba a comenzar despacio simplemente para acostumbrarme a los cambios. Empecé tomando clases en el colegio universitario municipal; sin embargo, no me tomé los estudios en serio. No cumplía con las clases y me dedicaba a divertirme en lugar de estudiar; no hace falta decir que mis calificaciones no eran extraordinarias. Continué llevando este estilo de vida durante algunos meses, y día tras día sentía que me descontrolaba cada vez más, llegaba al límite de lo que era un comportamiento legal y adecuado simplemente para divertirme. Me comportaba como si ninguna ley rigiera para mí, conducía a 80 millas por hora en caminos donde el máximo era 45, me peleaba en los bares e insultaba a cualquiera que no estuviera de acuerdo con lo que decía. Así seguí por varias semanas, hasta un día cuando mi madre, que ha sido enfermera durante 27 años, tuvo una conversación muy enriquecedora conmigo. Sentía miedo por mí, por la persona en la que me había convertido; insistió en que cambiara mis hábitos y me dijo que si no cambiaba no iba a llegar a los 22 años. Ésa era la toma de conciencia que tanto necesitaba. Tomé la decisión de cambiar drásticamente mi estilo de vida para bien.
Decidí que el primero y el mejor de los pasos para lograrlo era alejarme de ese entorno. Me mudé de mi estado natal de Nueva Jersey a Massachusetts para vivir con un compañero veterano llamado Jeremiah Driscoll, quien había prestado servicio conmigo en Irak y ahora iba a la universidad. El estado de Massachusetts me ofreció algo que NJ no pudo darme: una nueva vida y la matrícula gratuita para todos los veteranos en cualquier universidad estatal. Mi amigo, que había hecho tres años de universidad antes de entrar en el ejército, me ayudó con el proceso de solicitud y a mantenerme concentrado en mis estudios.
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